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El Pais, 14 de junio, 2003.
Informe especial. El 10% del país come gracias
al inda
Comer de arriba, vivir abajo
Al menos el 10% de los uruguayos no puede comprar
su propia comida. Y todos los planes de ayuda están desbordados
y no dan abasto.
Joel Rosenberg
Talía Soledad Souza tenía 6 meses cuando
falleció el 11 de mayo, en Artigas. Talía vivía en
un vagón abandonado de AFE, junto a su familia. La mamá
le contó a los médicos del hospital de Bella Unión
que hervía zapallo para sus hijos más grandes y le daba
el agua de zapallo a la nena. Era lo único que le daba.
"El forense me dijo que Talía era piel y hueso,
que no tenía un gramo de masa muscular. Murió por desnutrición,
tenemos constancia de eso. El diagnóstico fue que aspiró
un vómito, pero eso es sólo una consecuencia final, el tema
era la desnutrición", dijo la pediatra Elena Curbelo que trabaja
en el hospital de Bella Unión.
Curbelo conocía a Talía ya que la había
atendido por una diarrea un mes antes de que falleciera, cuando tenía
5 meses. "Ya tenía una desnutrición severa. Había
aumentado sólo 300 gramos de peso desde su nacimiento, cuando lo
normal es aumentar de 600 gramos a un kilo por mes", dijo la médica.
El domingo que Talía murió, la doctora Curbelo
lloró. "Una cosa son las estadísticas; otra es ver
que se te va de las manos una niña que conocés, que tenía
risa, carita. No se puede hacer verso con esto. Esta es la realidad, lo
que se vive acá".
En Artigas dicen que Talía Soledad no fue la primera,
ni la única. Curbelo informó que conoce otras muertes ocurridas
en el departamento donde el diagnóstico final no fue de desnutrición,
pero la causa era clara: "el desencadenante fue el bajo peso",
afirmó.
Fuentes de la morgue de Bella Unión confirmaron
estos datos y declararon que en los últimos meses hubo "varios
casos" de muertes por desnutrición.
Ninguna de esas muertes fue registrada en la prensa, como
tampoco nadie dedicó una línea, ni un segundo de transmisión
a la muerte de Talía Soledad Souza.
Un Uruguay distinto
El debate acerca de la desnutrición en Uruguay llegó a los
medios de comunicación cuando cuatro bebés murieron en 72
horas en Montevideo, entre el 21 y el 23 de abril, dos semanas antes de
la silenciosa muerte de Talía.
El 21 de abril, en el hospital Pereira Rossell, un bebé
de 8 meses ingresó muerto producto de una deshidratación
por diarrea y con presuntos signos de maltrato. El 22 murió en
el Cerro un bebé de 1 año que tenía síntomas
de desnutrición y sufrió un paro cardíaco.
El mismo día fallecieron dos gemelos de 3 meses:
uno de ellos por aspiración de vómito y el otro con un cuadro
de diarrea aguda.
El 19 de mayo, radio El Espectador informó de otra
beba muerta "por un paro cardiorrespiratorio, pero con síntomas
de desnutrición y deshidratación". La niña tenía
6 meses y vivía en el asentamiento 24 de Junio, en José
Belloni y Domingo Arena.
Las muertes originaron dolor y
polémica.
El intendente de Montevideo, Mariano Arana, se refirió a los niños
muertos por falta de alimentos. La Intendencia señaló que
la desnutrición había alcanzado al 4,17% de los menores
de 2 años en Uruguay y al 4,80% en Montevideo. Miguel Fernández
Galeano, director del Servicio de Salud municipal, dijo que esos datos
provenían de cifras extraoficiales del Sistema de Vigilancia del
Estado Nutricional de Salud Pública y de estadísticas de
las policlínicas municipales.
El 24 de abril Ciro Ferreira, director de la Administración
de los Servicios de Salud del Estado, declaró a El País
que en Uruguay no existe "desnutrición crónica"
y señaló que en los últimos tres años, entre
el 0,8% y el 1,0% de los aproximadamente 11.000 niños que se atendieron
en Salud Pública presentaron síntomas de desnutrición.
De todos modos, Ferreira reconoció que hay niños en malas
condiciones "cuya muerte puede evitarse".
A su vez, el vicepresidente Luis Hierro respondió
a Arana a través de su columna en Últimas Noticias. Allí
señaló que ninguno de los bebés había muerto
de hambre y que "sólo uno" tenía síntomas
de desnutrición.
"Es indudable que la dura crisis que golpeó
al país durante el año 2002 tiene que haber repercutido
negativamente en los niveles de pobreza de nuestra población y
que algunos sectores de menores muestran síntomas de desnutrición,
pero de ahí a machacar con eso, con los 'niños muertos de
hambre' hay un abismo", escribió.
En cambio, una alta fuente del Ministerio de Salud Pública
reconoció que eran dos los bebés con "síntomas
de desnutrición", aunque negó que murieran "por
falta de alimentos o inanición". El mismo jerarca dijo que
en los otros casos no había desnutrición, pero señaló
que las condiciones de abandono y extrema pobreza en que vivían
"deben preocupar más que la desnutrición".
Sin embargo, las cifras oficiales de niños desnutridos
proporcionadas para este informe por la Dirección Nacional de Salud
están más cerca de las manejadas por Fernández Galeano
que de las publicitadas por Ferreira.
En efecto, la desnutrición en menores de 1 año
asistidos en Salud Pública se situó en 2002 en el 3,52%
en el interior y el 3,62% en Montevideo. Para los niños de 1 año,
los porcentajes eran del 8,94% y 6,42% respectivamente. Para los niños
de entre 2 y 4 años, los porcentajes de desnutrición fueron
de 2,24% en el interior y 3,15% en Montevideo.
En general, y aunque en algunos segmentos se registran
oscilaciones y caídas, las cifras muestran un incremento de los
porcentajes de niños desnutridos desde 1999.
Si las cifras oficiales reconocen que la desnutrición
creció, esa es la misma sensación que tienen todos los que
trabajan en las policlínicas, en los hospitales y en los lugares
donde se reparte comida a los necesitados.
"En Uruguay pensamos que estábamos vacunados
contra esto, pero se ve que no", señaló José
Luis de la Peña, uno de los responsables del centro Los Pinitos
de Toledo, uno de los 204 Centros de Asistencia a la Infancia y la Familia
(CAIF), que atienden a 18.800 niños menores de 4 años de
familias carenciadas.
Almuerzo caramelo
Pero la desnutrición no sólo se da en los niños.
El 21 de mayo, en el Cerro, una niña de 2 años
llamada Florencia fue llevada por su madre a la consulta de la Policlínica
Municipal La Paloma. La doctora que la atendió comprobó
que Florencia estaba desnutrida, y su madre también.
La pediatra Teresa Briozzo -que atendió a Florencia-
relató que la situación de las madres en las familias carenciadas
es desesperante. "Están desnutridas. Hay costumbre de hablar
sólo de la desnutrición infantil, pero ésta también
existe en los adultos, en las madres. No tienen qué comer y lo
poco que tienen se lo dan a los hijos", aseguró Briozzo, quien
trabaja desde hace 15 años en la zona del Cerro pero nunca "vio
nada igual" a lo que ve hoy.
Briozzo observa todos los días de la semana a casi
60 niños con sus madres. "Es necesario entender que las mamás
llegan sin glúteos, sin senos. Son piel y hueso. Muchas veces son
gurisas, adolescentes... Es impresionante", señaló.
"Si se nos están viniendo abajo las que cuidan
a los niños -continuó Briozzo- tarde o temprano los niños
van a caer también".
La doctora informó que el 10% de los niños
que llegan a la policlínica La Paloma están desnutridos.
Lamentablemente, lo que ocurre en el oeste de Montevideo
sucede también en otros lugares del país.
Un ejemplo es lo que ocurre en el Liceo 2 de la ciudad
de Treinta y Tres, en el barrio Goyenola.
Desde hace un mes, el liceo, con el apoyo del Instituto
Nacional de Alimentación (INDA), le brinda el desayuno o la merienda
a 140 de sus 560 alumnos. Pero esta medida se ha mostrado insuficiente
debido a la magnitud del problema que enfrentan.
"Hay mareos, hay desmayos. Se dan todo el tiempo,
todos los días. Hay hambre. Los padres se acercan y explican que
no pueden alimentar a sus hijos, que no tienen trabajo. Es dramático.
No alcanza con el vaso del leche y el pan. No hemos podido evitar que
dos o tres chicos se mareen o se desmayen cada día", dijo
el director del liceo, Víctor González.
"Les estamos enseñando a algunos alumnos que
coman unos caramelos por día antes de entrar a clase. Estamos previniendo,
para que no se desmayen", agregó el director.
Estado desbordado
Al igual que en el liceo de Treinta y Tres, la ayuda del Estado está
llegando, pero no alcanza.
No alcanza a pesar de que el INDA asiste, con diferentes
programas y prestaciones, a 310.000 uruguayos, un 10% de toda la población
del país. La cifra es casi un 50% superior al número de
asistidos de hace tres años.
"Nunca imaginé, bajo ningún concepto
esta situación", reconoció Hebert Reyes, que asumió
como director del INDA en el 2000.
Reyes explicó que a pesar de que el presupuesto
del INDA ya trepó a 533 millones anuales (comenzó el período
gubernamental con 200), no da abasto con las solicitudes de asistencia.
"Tengo en mi despacho 400 solicitudes pendientes de ayuda a diversas
instituciones o centros. Pero no se puede, no da".
Para tratar de optimizar sus insuficientes recursos, el
INDA está cambiando en todo el país su principal prestación,
el plan nacional de complementación alimentaria, que llega a más
de 197.000 personas: embarazadas y madres en el período de lactancia,
niños de 7 meses a 6 años, pensionistas por vejez o incapacidad.
La idea es dejar de repartir canastas individuales de cuatro kilos de
alimentos y sustituirlas por canastas familiares de 14 kilos.
Está canasta tendrá más componentes
y se cree que así cada familia recibirá una mayor asistencia.
Reyes dijo que, además, cada departamento recibirá casi
el doble de alimentos con este nuevo sistema. "Hay muchas cosas para
afinar. La experiencia indica que demorará entre 60 y 90 días
poner el nuevo plan en práctica en todo el país".
Otro servicio del INDA que está desbordado es su
sistema de comedores donde 24.500 uruguayos almuerzan de lunes a viernes.
Este servicio asistía a 7.600 personas en el año 2000.
Una de las causas del crecimiento explosivo de su clientela
es que los desocupados pueden solicitar una tarjeta que les habilita a
comer allí seis meses. A pesar de la fuerte ola emigratoria, casi
el 19% de la población activa uruguaya está desempleada.
Pero los comedores también reciben a los mayores
de 60 años, a los que tienen alguna incapacidad, los niños
que no tienen cupo en el comedor de su escuela, liceales y también
a todo el que pague los 32 pesos que cuesta un almuerzo.
Por eso, en los comedores el público es diverso.
Hay personas que estuvieron toda su vida en la calle y siempre necesitaron
ayuda para conseguir qué comer. Pero hay otros que nunca imaginaron
llegar a tal grado de humillación.
Luis Di Lorenzo va cada mediodía al comedor 7 del
INDA, en la rambla 25 de Agosto, para buscar su vianda y la de su señora.
Ambos están hace un año sin hogar y viven en un refugio.
Di Lorenzo tiene 54 años, y trabajó toda su vida de herrero.
"Tenía una vida normal, pero me fui quedando sin nada. Primero
sin laburo, después sin alquiler. Vas a la pensión, después
a la calle".
Di Lorenzo vende la revista Factor S, que editan los sin
techo, como forma de ganar unos pesos, pero no se resigna a lo que le
toca vivir. "Venir a pedir la comida es espantoso, la verdad. He
pedido hasta por favor que alguien me deje trabajar. Jamás me imaginé
esto".
Los ojos le brillan y Di Lorenzo desvía la mirada,
casi con vergüenza. "Jamás me lo imaginé. Es espantoso,
en serio".
Platos sí, trabajo no
El caso de Di Lorenzo se repite: ganas de trabajar, dolor de tener que
pedir la comida.
"La idea es que en los comedores o lugares de entrega
de canastas se instrumenten bolsas de trabajo. Tenemos que buscar alternativas
para que la ayuda no quede en un asistencialismo puro, que no dignifica.
¿Quién puede pensar que alguien va a ir al comedor contento?",
se preguntó Reyes.
Lo cierto es que por ahora lo que hay es asistencialismo
y poco más. En ninguno de los centros recorridos se observó
una sola oferta de trabajo. Sólo quejas por falta de oportunidades.
El comedor 2 del INDA, en la calle Carlos María
Ramírez, hay gente desanimada, que no quiere ni hablar. Otros están
indignados y quieren quejarse. Eduardo Rodríguez, que está
desempleado y tiene 33 años, es uno de estos. "Poné
mi nombre entero, no escondo nada. Siempre trabajé y me ofrecí
en todos lados, estoy agotado de ofrecerme", señaló.
"Te jode esto, venir a mendigar estando en perfectas
condiciones para trabajar. Sería más digno que me dieran
una pala y me dijeran que picara piedra", agregó Rodríguez.
La socióloga Paula Baleato, que trabaja hace diez
años con familias carenciadas a través de la ONG El Abrojo,
advirtió que "hoy toda la discusión se centra en la
asistencia, en la emergencia. Pero no hay nada para la superación
de la pobreza o desarrollo humano. No se puede pensar en un país
dando asistencia durante diez años a familias que van a seguir
siendo pobres".
No alcanza
En el esfuerzo por paliar esta emergencia, el INDA cuenta con la ayuda
de particulares y otras dependencias del Estado, pero estos esfuerzos
conjuntos también están resultando insuficientes.
Primaria, por ejemplo, brinda 212.668 servicios alimentarios
cada día, de lunes a viernes, en 2.164 escuelas de todo el país.
Esto significa un gasto de 400 millones de pesos por año que provienen
en un 90% del impuesto de Primaria y de Rentas Generales el 10% restante.
Pero como muchos niños se quedaban sin comer cuando no había
clase, ahora se decidió que algunos comedores permanezcan abiertos
en verano.
Isabel Aldabe, encargada de alimentación de Primaria,
señaló que, además, "a partir de junio y hasta
agosto se dará alimentación a aproximadamente 52.000 niños
los sábados y durante las vacaciones de julio".
Pero, a veces, la comida que da la escuela no alcanza.
Nebia López, coordinadora del centro Casa de Todos, en San Martín
y Aparicio Saravia, relató que muchos niños de esa zona
almuerzan en la escuela pero en el resto del día no comen nada
más. Por eso su centro, fundado para brindar asistencia educativa,
ahora reparte comida.
"La idea era que los educadores ayudaran a los niños
con los deberes, que hicieran deporte con ellos. Pero uno ve que hay hambre.
Los niños vienen de la escuela y dicen que se quedan con hambre.
Lo que pasa es que lo que les dan allí es lo único que comen
en el día. Además, los fines de semana no comen. Los lunes
te das cuenta que no comieron casi nada en todo el fin de semana",
señaló.
La asistencia no alcanza tampoco para los más chicos,
los de mayor riesgo nutricional. Si bien la organización y eficiencia
del Plan CAIF es elogiada en ámbitos gubernamentales y civiles,
si bien llega a 18.800 niños menores de 4 años, la demanda
supera la ampliamente la oferta.
Marcelo Riccone, de la comisión administradora del
Plan CAIF, aseguró que hay en este momento unos 85 lugares donde
se pretende abrir un nuevo centro, pero que en los últimos tres
años no se han podido abrir más de "dos o tres".
Riccone agregó que "los insumos los recibimos de organismos
del Estado y no alcanzan para más que los 204 centros que tenemos
en el país".
No alcanza tampoco el esfuerzo
de los municipios.
"El crecimiento de los merenderos, de los centros que nos piden ayuda,
es diario", señaló Elisa Balea, directora de bienestar
social de la Intendencia de Montevideo. El municipio coopera con leche
en polvo para una red de merenderos y éstos no han parado de aumentar.
"En el 2001 eran poco más de 200, ahora están por superar
los 400", dijo Balea.
Si bien los merenderos son para niños, allí
comen sus acompañantes: los padres, hermanos o abuelos, que los
llevan y "aprovechan para comer", aseguró Fernández
Galeano La Intendencia calcula que unos 19.000 montevideanos concurren
diariamente a alimentarse a estos merenderos.
Como no alcanza con la leche, el municipio piensa agregar
víveres secos en sus entregas a los merenderos. "Será
una inversión de 270.000 dólares en este año para
tratar de complementar la alimentación de esa gente", señaló
Fernández.
Tampoco alcanza
Como la asistencia estatal y municipal no alcanza, en todo el país
están surgiendo cientos de organizaciones de ayuda alimentaria,
por necesidad.
Nadie sabe exactamente cuántas son. Son comedores,
refugios, merenderos y ollas populares. Son ONGs, grupos de desocupados,
o vecinos que se juntan para colaborar y paliar la situación.
Algunos tienen convenios con el Estado, otros con el municipio
y algunos se arreglan como pueden. Pero casi todos se sienten desbordados.
La Coordinadora de Ollas Populares colabora con 15 instituciones
(14 en Montevideo y una en Florida) y atiende 1.500 personas. En este
momento tiene 20 solicitudes de asistencia en espera y pasa su peor momento
desde que fue creada en 1982. La coordinadora se quedó sin recursos.
"No tenemos un peso", señaló Teresa Píriz,
su tesorera. Se sienten desanimados y "esperando un milagro"
ya que el principal aporte -donaciones de los empleados del Banco Central-
se está reduciendo cada vez más.
Otra coordinadora de ollas populares organizada por la
Unión de Trabajadores Desocupados tiene a su cargo 20 ollas, la
mayoría en Montevideo y Canelones, donde comen 4.000 personas.
Han reclamado varias veces ayuda en el INDA ya que están "absolutamente
desbordados", explicó Raúl López, uno de sus
organizadores.
En los refugios, la sensación es la misma. Graciela
Belinzona, fundadora del refugio Pablo VI, en la calle 9 de Abril, aseguró
que tienen 80 personas en un lugar para 60, que antes le daban de comer
a muchos que no estaban alojados en el refugio, pero que ya no pueden.
"Todos los días rechazamos gente que está pidiendo
lugar", dijo.
En los merenderos cuentan la misma historia. No alcanza.
Hugo Sosa, coordinador de un merendero en Pajas Blancas, relató
que cada día 130 o 140 chicos son atendidos allí. "La
comida es buena, casi una cena. Pero es la única que reciben estos
niños y el resto del día se pasan pidiendo más comida.
Todo el tiempo".
Muchas instituciones o centros que dan alimentos intentaron
en algún momento dar algo más que un plato de comida, pero
muchos ya no pueden salir del asistencialismo puro.
La maestra Adriana Briozzo, de la ONG El Abrojo, señaló
que "el merendero como organización comunitaria no está
pudiendo dar otra respuesta que la alimentación".
La situación es tan grave que El Abrojo, que antes
centraba su accionar en diversos planes educativos, ahora se ha visto
obligado por primera vez a repartir comida. "Eso cambió, antes
no era así. Incorporamos mucho más fuerte la línea
de asistencia", señaló Briozzo.
"Mal y caro"
Para tratar de enfrentar mejor esta crisis, el gobierno convocó
un gabinete social, que se reunió por primera vez el 5 de mayo
con representantes de la Presidencia, los ministerios de Salud Pública,
Ganadería, Economía, Vivienda, Educación y Trabajo,
además de Oficina de Planeamiento y Presupuesto, ANEP, Iname, INDA,
Instituto de la Juventud, Plan CAIF, el programa de erradicación
de asentamientos y la Intendencia de Montevideo.
"Somos conscientes de que hay grupos vulnerables de
la población a los que la alimentación complementaria no
está llegando", había señalado Diego Estol,
director nacional de Salud, a El País el 24 de abril.
La primera medida del gabinete social fue la creación
de una Unidad Centralizadora de Compras para abaratar los costos de la
adquisición de alimentos. El efecto fue inmediato y el INDA logró
reducir en 25% sus costos. Hasta ahora, el instituto compraba algunos
productos más caros que en las góndolas de los supermercados.
Reyes, director del INDA, reconoció que "se
compraba mal y caro", pero justificó la situación debido
a que el Estado pagaba mal, a un año de plazo, y "los costos
subían por la inseguridad de cobrar de los proveedores".
El primer acuerdo de coordinación de actividades
del gabinete social se logró el 26 de mayo cuando se decidió
que el gobierno implementará a través de las policlínicas
municipales y los centros de Salud Pública un sistema de emergencia
para entregar canastas especiales a familias con niños de hasta
5 años en riesgo nutricional.
Las canastas serán de 14 a 16 kilos de alimentos
de acuerdo al número de niños que haya en cada familia y
se calcula que se entregarán cerca de 30.000. El gobierno estima
que el costo de este plan superará los 5 millones de dólares
en el 2003, dijo Reyes.
Para aquellas familias que no se acerquen a los centros
de salud a solicitar esta canasta "se implementará una canasta
de riesgo social", señaló Reyes. Estas personas son
indigentes que se encuentran fuera del sistema y muchas veces carecen
incluso de documentos. No hay una estimación de las familias que
necesitarán esta ayuda ni cuándo les llegará. "Hay
que ir a buscarlos a dónde estén con asistentes sociales",
agregó el funcionario.
Éxito en Las Láminas
El plan de canastas de emergencia es una medida provisoria que se intentará
poner en marcha antes del invierno. Según cómo funcione,
el gabinete social decidirá si otorga alguna ayuda extra en el
invierno, como fue el Plan de Emergencia del 2002 que entregó durante
tres meses 45.000 platos calientes por día.
Además del gabinete social, en mayo las organizaciones
que están brindando ayuda alimentaria promovieron una "mesa
de trabajo sobre mecanismos de coordinación de las políticas
sociales" porque se consideraron excluidas de los planes del gobierno.
En esa mesa participa la Asociación Nacional de
ONG y se han sumado representantes de los partidos políticos, el
PIT CNT y la Asociación Uruguay de Educación Católica.
De cualquier forma, en el gabinete social y en la "mesa
de trabajo", todos saben que corren de atrás y que la situación
ya es grave: según el Instituto Nacional de Estadística
en el 2002, 645.800 uruguayos vivían debajo de la línea
de pobreza (20,4% de la población) y 52.700 en la indigencia (1,7%).
"Sería muy lindo decir que la idea es que al
final del período de gobierno no haya más hambre, pero con
la situación que tenemos lo que podemos decir es que hay que sumar
trabajo e inteligencia", señaló Reyes.
Trabajo e inteligencia es lo que están sumando en
Artigas. Sin recursos ni apoyos oficiales una cruzada solidaria conformada
por médicos y vecinos llega hasta las madres de algunos barrios
carenciados para enseñarles primeros auxilios y explicarles cuál
es la medicación básica para los casos de desnutrición.
Esta iniciativa se inició hace tres años
cuando se constató que en el asentamiento Las Láminas, en
Bella Unión, había un 60% de niños con desnutrición.
La doctora Curbelo y un grupo de personas solidarias han
logrado en estos años que en Las Láminas no muera nadie
de desnutrición. Ahora intentan llevar la experiencia a otros barrios
pobres del departamento, donde hay niños que viven en vagones abandonados
de AFE y llegan a los 6 meses pesando casi lo mismo que pesaban al nacer.
La consigna que utiliza el movimiento, la frase que los
empuja desde hace unas semanas es "no más Talía Soledad"
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