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EL OBSERVADOR. 08 DE SETIEMBRE, 1998.
Educación

Una experiencia que es ejemplo en el mundo

La Institución de Educación Popular El Abrojo recibe hoy un premio de la Unesco por su trabajo de alfabetización en hogares de extrema pobreza en Uruguay

Los últimos reductos de analfabetismo
Alternativa

por Daniela Santos de la redacción de El Observador

Dos veces por semana, una maestra va a dar clase en el barrio Casavalle a los niños, en sus propias casas, acompañados por sus madres. Los resultados de esta forma de trabajo han sido tan impactantes que la Unesco distinguió a nivel mundial esta tarea, que lleva adelante el Instituto de Educación Popular El Abrojo, con uno de los cinco premios que otorga hoy al celebrarse el Día Mundial de la Alfabetización.

La Unesco distinguirá también a instituciones y programas de Chad, Egipto, Francia y Blangladesh, elegidos por un jurado de especialistas. Según consta en la fundamentación, el premio al programa de Uruguay se otorga por “haber alfabetizado a las madres e hijos de una comunidad con una elevada tasa de analfabetismo, donde el 60% de los hogares vive por debajo del umbral de la pobreza” y “por haber conseguido alfabetizar al 42% de las madres analfabetas y logrado que el 58% restante de las madres funcionalmente analfabetas retomen el hábito de la lectura y la escritura”.

El Abrojo es una organización no gubernamental (ONG) que desde hace 10 años realiza tareas en el área social con niños de la calle (alfabetización y recreación), mujeres y jóvenes (prevención del consumo indebido de drogas, recreación, capacitación laboral). Actualmente sus acciones alcanzan a unas 500 personas. Algunos de los programas de esta ONG integrada por jóvenes profesionales están financiados por la agencia suiza Tierra de Hombres, pero la mayoría funciona a través de convenios que realiza con instituciones del Estado y la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM).

El programa de alfabetización premiado por la Unesco es financiado desde el año pasado por el Codicen. Pero la experiencia funciona hace cuatro años y empezó con el traslado de un millar de personas que vivían en la ex fábrica La Aurora (Hogar Municipal Martínez Reina, en Uruguayana y Zufriategui), hacia Casavalle, en Teniente Rinaldi y San Martín.

Cuando la IMM resolvió reasentar a esta comunidad a distintos puntos de Montevideo, la ONG decidió hacer el seguimiento del conjunto de 88 familias que fueron trasladadas al barrio Casavalle, en la medida que iba a haber un impacto social por la inserción de estas personas que vivían en un barrio céntrico y que pasaban a la periferia.

En este contexto, la ONG comprobó que había índices muy altos de deserción. Entre un 50% y 60% de los niños abandonaban la escuela en el primer o segundo año luego de repetir varias veces. En otros casos, las familias ni siquiera anotaban a sus hijos.

“Había causas bien particulares que tenían que ver con el traslado. Las personas no conocían los servicios de esa zona que es un bolsón de pobreza y las escuelas en esa barrio están absolutamente superpobladas”, dijo a El Observador Adriana Briozzo (29 años), la maestra que coordina el proyecto.

Pero esa situación de déficit escolar también se relaciona a las carecterísticas propias de esa población. “Las madres no estaban interesadas en que sus hijos vuelvan a las escuelas”. Eran mujeres analfabetas (que no saben leer ni escribir) o analfabetas funcionales, es decir, personas que aprendieron a leer y a escribir pero eso no les resulta útil en su vida cotidiana. Entonces manejan o reconocen letras de manera muy primaria.

Desde la raíz

En base a un estudio de Cepal sobre los escolares en Uruguay, según el cual la madre es la reproductora del aprendizaje de sus hijos, y por tanto si una madre fracasa en la escuela su hijo va a fracasar, los educadores de El Abrojo se propusieron cambiar esa realidad. Para eso había que atacar el problema desde la raíz: ir a los hogares de esos niños y alfabetizarlos junto con sus madres.

“Ahí está la clave de esta propuesta, porque más que una metodología es un modelo de abordaje distinto”, dijo Briozzo. Esto no significaba plantear a la escuela como alternativa, sino devolver a los niños a ese espacio socializador “porque no ir a la escuela los excluye aún más”. Pero implicaba abordar el problema desde otras variables que son las que determinan el fracaso y la deserción.

En estas familias, la figura del padre es casi inexistente y en general estos niños trabajan vendiendo estampitas y caramelos, piden puerta a puerta, o en las calles, limpian parabrisas en las avenidas, o se hacen cargo de los hermanos menores, lo que los introduce a la fuerza en una “adultez temprana”.

Al abordaje

El primer año el programa de alfabetización trabajó con cinco familias, el segundo con ocho y actualmente con 12, lo que supone un trabajo con 24 niños (de entre 6 y 12 años) y 12 madres.

“El abordaje que hacemos se llama ‘medio abierto’, no tenemos un local, trabajamos en el barrio. Empezamos a vincularnos a través del juego en la calle y conociéndonos de a poco. Entonces empieza a haber un grado de intimidad que nos habilita a pasar a las casas”, explicó la maestra.

Pero esta forma de trabajo obliga a hacer negociaciones. “Tuvimos que negociar situaciones de aprendizaje que no son las que los maestros estamos habituados. A veces no hay mesa, tenemos que trabajar arriba de una cama con la televisión prendida, con los gritos de los bebés. A veces la niña tiene que encargarse de sus hermanos. Entonces hay que negociar un tiempo, bajar un poquito la tele, conseguir que alguien se encargue del hermanito durante un rato”, dijo Briozzo.

El hecho de que se trabaje por lo menos una hora y media, dos veces por semana, con cada familia, permitió llegar a acuerdos para que en ese espacio de tiempo los niños no trabajen”. En cada hogar el educador permanece un año.

Se trata de casas en los que no hay un solo libro ni material alguno de lectura, así que “les damos fotocopias y procuramos que tengan textos para leerles a sus chiquilines en la noche para generar espacios de encuentro distintos entre la madre y el hijo”, señaló la docente.

Se procura, además, trabajar con textos relacionados a la realidad de esas familias, empezando por carteles en el barrio, inscripciones en bolsas de alimentos y creación de tarjetas para las fiestas comunitarias.

“Una vez llevamos un cuaderno a una casa para que la niña tuviera un ‘albumcito’. La mamá agarró el cuaderno y se está haciendo como un diario íntimo con todas sus actividades”, dijo la maestra satisfecha. Los cambios se notan también en el barrio donde se está armando una biblioteca comunitaria.

La casa y la escuela

El hecho de estar presentes en los hogares da a los educadores un conocimiento de la realidad en la que viven los niños al que la escuela no puede acceder. Estas “están cerradas a estas comunidades, por más que hay voluntades excelentes de maestros que buscan comprender la problemática del chiquilín y van a la casa”, comentó Briozzo.

En estos sectores de extrema pobreza se tiende a diagnosticar a los niños como portadores de dificultades de aprendizaje. Pero, en general, no son problemas orgánicos o físicos, sino del entorno. La maestra dijo que estos niños son presa de un estigma tan grande que les impide verse como personas integradas a la sociedad. “Todo se hace más difícil si en la escuela me dicen que no voy a rendir y en el entorno me tratan como tonto”, explicó.

Estos educadores parten del lenguaje que usan estas madres y niños para desde una posición más cercana llevarlos a otros niveles de aprendizaje. Estas poblaciones se manejan “con el código de la oralidad” relacionado a “una forma de pensamiento concreta, del aquí y el ahora. No pueden pensar más allá de lo que están viviendo, por las necesidades que pasan. Mientras nosotros tenemos otra forma de pensamiento que se traduce en un código del pensamiento abstracto por el cual me puedo prolongar en el tiempo y relacionar fenómenos. Es con ese código que la escuela espera a estos niños”.

Entonces eso genera choques porque el niño debe hablar de una manera en la escuela y de otra en la casa. Los educadores de El Abrojo prefieren aprender la forma de expresarse del niño y de la madre para llevarlos al otro código y porque la manera habitual en la que se expresan “es una forma más de exclusión. El objetivo, la utopía nuestra es llegar a que estos chiquilines no sean excluidos, y poder romper el círculo de reproducción de la pobreza”.

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Los últimos reductos de analfabetismo

Pese a que Uruguay está entre los países del mundo con mayores índices de alfabetización, la Unesco otorga este premio en reconocimiento a que “se sigue luchando contra los últimos reductos de la analfabetización”, dijo el director de la oficina del organismo en Montevideo, Francisco Lacayo.

El jerarca sostuvo que “las características de este proyecto son muy innovadoras”. Dijo que “está muy ligado al ritmo de vida de las personas que participan y no se está educando para producir y trabajar, sino que se está educando en la producción y en el trabajo”.

Destacó también el protagonismo que el proyecto le otorga a la mujer. “La mujer, madre en varias funciones, alfabetizándose, reforzando la alfabetización de sus hijos y, al mismo tiempo, creando motivaciones para que los niños no deserten. La mujer como motor del proceso educativo. En ese sentido lo veo no solo bello, sino ejemplar, digno de inspirar otros procesos similares”.

Lacayo explicó que cada uno de los cinco premios de alfabetización tiene un nombre que está relacionado con los cooperantes de la Unesco, países o empresas que contribuyen para promover estas distinciones. En este caso es el premio NOMA, una institución japonesa cuyo representante se hará presente hoy para entregar también un aporte de US$ 15 mil que fortalece el programa.

 


Alternativa

“Es seguro que si no existiera este programa a esas personas nunca se les hubiera ocurrido ir a un curso de formación de adultos”, dijo Adriana Briozzo. El Codicen cerró hace un par de años varios de los grupos de formación de adultos y sustituyó esa formación a través de convenios con instituciones que, como El Abrojo, ya estaban trabajando con esa población. Es así como el año pasado se concreta el convenio con esta ONG que consiste en pagarle el salario a la maestra. “Ellos consideran que la educación de adultos no pasa por las escuelas, sino también por lo hogares, que es necesario encarar esta formación a un nivel más comunitario, descentralizando la educación y creando espacios desinstitucionalizados de aprendizaje”, explicó la maestra.

 

 
   
 

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